El nuevo corralito que sueñan los neoliberales

Antaño, la palabra corralito tenía una sola acepción: accesorio para el cuidado del bebé mientras éste se encuentra en plena maduración motriz. La única utilidad posible para un corralito consistía en proporcionarles cierta tranquilidad a los padres, de pocos minutos pero importantes para el descanso, mientras el crío jugaba sin peligro alguno, en un espacio reducido, alejado de cualquier riesgo doméstico.

Después de 2001, sin embargo, son pocas las madres a las que se les ocurre meter en un corralito a sus bebés con ganas de aprender a caminar. Es que ya nadie puede asociarlo a una imagen tierna y bondadosa ni propia de la edad de crecimiento. Lo primero que saltará a la imaginación y el recuerdo es aquel último manotazo de ahogado que Domingo Cavallo tiró al aire en salvaguarda del gobierno de Fernando de la Rúa, y que se hundiera en las turbulentas aguas del neoliberalismo tardío. Se lo llamó, popularmente, corralito.

El corralito no fue más que una oscura maniobra monetaria, consistente en la restricción a la extracción de dinero en efectivo para frenar, aunque muy a destiempo, la salida del sistema bancario del poco circulante que quedaba: el de los pequeños poseedores de dinero. Porque el grueso de las divisas ya había sido girado al exterior en los meses previos, por los grandes capitalistas nacionales e internacionales, sin ninguna gestión estatal para impedirlo. O con su plena complicidad. Aquel corralito condenó a la total indigencia a vastos sectores de la estructura social de entonces,
Casi diez años después, aquella misma derecha económica, a través de sus personeros parlamentarios, mediáticos y judiciales, intenta hacer exactamente lo mismo, ahora atorando el ciclo económico de crecimiento sostenido evidenciado en el país desde hace 7 años. ¿Cómo? Impidiendo el uso de las reservas, bloqueándolas como hicieron en 2001 con los depósitos de millones de argentinos, y abortando la estrategia de desendeudamiento que el gobierno de Argentina se ha trazado soberanamente desde que se inició el periodo de bonanza económica a partir del cambio de rumbo definido por Néstor Kirchner en 2003..-


Quieren obligar al gobierno a endeudarse nuevamente, a tasas de interés altísimas, que tendrán que devolver mediante la misma receta de siempre: ajuste, ahorro fiscal, apocamiento del Estado en sus funciones económicas y sociales, y cruenta represión para los desbordes que ello produzca. Quieren que se ahorre para gastar luego en balas y gases, y menos en la asignación universal, en salud educación y trabajo.
¿Qué es sino un corralito eso que aconsejan los economistas ortodoxos: enfriar la economía? ¿Qué es sino un corralito eso que proponen los gurúes neoliberales: suspender las discusiones paritarias para que la suba de los salarios no genere inflación?

¿Qué es sino un corralito que algunos jueces de instancias inferiores, y hasta un cortesano en sus opiniones, se muestren tan veloces, eficaces, diligentes para otorgar cautelares, reponer en sus cargos a funcionarios depuestos con absoluta legalidad por la Presidenta, y otorgarse para sí competencias y facultades que son propias del poder político? Jueces, que no han sido elegidos por nadie, y ninguna coyuntura parece afectar sus cargos vitalicios, tanto que duran 27 años en el máximo tribunal del país, como Carlos Santiago Fayt-


¿Qué es sino un corralito que los capitalistas más concentrados echen mano a un alza injustificada de precios, para acrecentar en forma extraordinaria su tasa de ganancia, sin invertir en más y mejor producción? ¿Qué es sino un corralito que los exportadores de soja no liquiden sus producciones esperando condiciones internacionales aún más favorables y, de paso, desfinanciar al Estado, al que le han declarado una guerra sin retorno? ¿Qué es sino un corralito que los dueños de los campos quieran llevar a 80 pesos el kilo de lomo que se compre en Bernal, porque ese es el precio que están dispuestos a pagar por él en Berlín?


El corralito que añora la derecha neoliberal también es una variante sutil de golpe de Estado institucional. Una guerra de baja intensidad a los pobres. Oponerse en media hora al pliego de designación de Mercedes Marcó del Pont, sin siquiera haber escuchado sus argumentos ni leído a fondo sus pergaminos académicos y sus méritos en la función pública, no para sancionar su idoneidad, sino por su posición respecto a la funciones que debe cumplir el Banco Central -entre otras, impedir por todos sus medios la implantación de un nuevo corralito-. Eso también es una dicción prolija de golpe de Estado institucional.

A propósito, Domingo Cavallo, el del corralito, el que reaparece justo ahora -oh casualidad!- “enseñando recetas antiinflacionarias”, también fue Presidente del Banco Central. Pero en tiempos de dictadura. Entonces, no estaba el Senado de la Nación para bloquear su pliego de nombramiento. Elisa Carrió, que era asesora en la Fiscalía del Estado dictatorial, no observó nada anormal en su designación, y menos aún en su decisión de estatizar la millonaria deuda privada, que Cavallo convirtió en pública, y cuyas consecuencias sociales, políticas y económicas se extienden hasta hoy.

No es, sin embargo, la única vinculación posible de establecer entre Domingo Felipe y Elisa María Avelina, Lilita para los amigos del solarium. Cuando actuó en democracia, Cavallo fundó un partido, Acción por la República. ¿Será la misma república de la que tanto habla Carrió mientras desliza, con total desparpajo, como poseída, “hay que derrocarlos”?

Los trabajadores les decimos: no lo conseguirán!

Por Julio Piumato

Miembro de la Comisión Política de la Corriente Nacional del Sindicalismo Peronista